Colaboración # Hijos de los cobardes de Marta Sánchez

Colaboración # Hijos de los cobardes de Marta Sánchez

Hijos de los cobardes
Duró un día en nuestras vidas adolescentes. Cuando todavía tienes capacidad de sorpresa y conservas debajo de la piel la inocencia de los niños. Bueno, exactamente, 50 minutos. Se nos quedó grabado como un tatuaje en el cerebro. No sólo por su forma de vestir o de hablar, con esas expresiones tan reconocibles. Tenía el pelo largo, negro y rizado. Vestía una camiseta de metálica, vaqueros grises y deportivas.

Fue un oasis, un espejismo que nos hizo soñar durante una hora que allí podían incentivarnos y no sólo castrarnos mentalmente, como decía Salva, mi amigo Salva.

Se había pedido un perro como regalo de cumpleaños, con ese rollo de ser mayor y responsable, sus viejos le habían hecho caso. Ahora era dueño de un labrador y se estaba leyendo todo tipo de guías y seudo-guías de adiestramiento. En una de ellas decían que para que un perro te obedezca hay que castrarle los instintos y no sólo castrarle físicamente, sino doblegar la voluntad. Y ya tenías perros-guía.

Por comparación, últimamente, Salva decía que en el insti, a nosotros, se nos castraban todos los instintos. Una fábrica de castración masiva, lo llamaba.

Nos enseñaban unas reglas, impuestas sin mucho sentido, nos trataban a todos por igual y nos pasaban por el filtro de las asignaturas que un sistema alienante fijaba, entre las que la música y la filosofía no parecían caber, pensar puede despertar instintos de supervivencia.

Mientras el efecto del porro nos hacía sentir que los recuperábamos, Salva escupía con rabia a veces, otras con ironía su discurso, después de 10 años, si seguíamos los pasos al resto de la clase, identificaríamos claramente a los perros guía, a esos alumnos que el sistema castraría tanto que podrían ocupar puestos en el gobierno o en cualquier grupo directivo de esas multinacionales que la globalización había convertido en reconocibles en cualquier nevera de cualquier casa de cualquier país.

En los muebles minúsculos que tenías que montar tú mismo cuya publicidad prometía que tu casa fuese una república, aunque fuese del banco y tuviese el tamaño de un armario empotrado. Aquí, el adjetivo posesivo tu, indicaba que tu hipoteca vitalicia con el banco era lo que te poseía. Salva quería escribirlo en el examen de lengua, decir que existían nuevas excepciones a las reglas más acordes con los tiempos.

En la música de consumo masivo, que inundaban los canales de radio y creaba festivales que eran escaparates de marketing de ese producto. En el fast food o comida basura que habíamos sustituido por la dieta mediterránea, donde esté una hamburguesa que desaparezca el jamón serrano.

En los libros basura llamados betsellers, de consumo masivo, por citar uno de los últimos, donde los roles de sumisión y dominación se perpetuaban, dignificando el acoso, envolviéndotelo en un cuerpo cachas con un traje de Armani y que les hacían preguntarse si el sexo compartido que todavía no habían experimentado, sería tan acartonado, incoloro, insonoro e insulso, como esas experiencias vacías que se estiraban y repetían un sin fin de veces, hasta que una editorial carnívora sin otro animo que lucrarse editó tres volúmenes imposibles de digerir. Desde entonces miraban a sus viejos con una mezcla de pena y compasión, porque todavía nadie les había abierto los ojos.

Incluso en los viajes, productos prefabricados donde no necesitabas mezclarte con los lugareños, con las pulseras todo incluido podías emborracharte en un hotel de una cadena con playa privada donde la miseria no se dejaba ver, no era estético, no vendía bien. Todo ello mezclado con dosis de telebasura o telerealidad.

“¿Qué más se puede pedir?” Terminaba diciendo con cierto sarcasmo Salva.

Incluso podrían acabar repitiendo el trabajo de desenseñanza y ser profesores de insti. Ahí el porro obraba su magia y acabábamos muertos de risa haciendo quinielas imposibles sobre los candidatos a perros-guía. Nosotros éramos chuchos con los instintos a flor de piel, no nos veíamos como perros-guía, tampoco nos veíamos con futuro.

Era bueno Salva con eso de los discursos, un grande. Lo mío eran los tebeos, dibujarlos y eso. En el insti nuestras habilidades no encajaban.

Por eso cuando aquel profesor, Tomás, nos hizo cerrar los libros y nos dijo “hablemos de Historia”, la “Historia la cuentan los vencedores y en las batallas mueren los valientes. Los que estamos aquí somos hijos de los cobardes.”

Aquel grupo de adolescentes despertamos del letargo, de ese sopor sedante en el que estábamos. Noté cómo se me erizaba la piel, se me agudizaban los sentidos. Los olores de aquella tarde de septiembre donde el veranillo de San Miguel parecía colarse impertinente haciéndonos echar de menos las vacaciones apenas recién terminadas, se intensificaron. Los ojos se agrandaron, las respiraciones se aceleraron, estábamos vivos, no me había sentido así sin fumar petas ni correr.

Fue la primera y la última vez que nos hicieron pensar en el insti. Después nunca volvimos a ver a Tomás y supe que el insti es temporal, campo de batalla donde mueren los valientes. Y sales de allí como superviviente. La cobardía es una medalla que se lleva con orgullo. Somos hijos de los cobardes.

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