Colaboración # La buena educación de Marta Sánchez

Colaboración # La buena educación de Marta Sánchez

Me he levantado con el pie torcido y las ganas cambiadas. Mirarme en el espejo es atentar contra mi integridad y la de los que me rodean. Tengo ganas de pincharme el café con leche en vena, dejarme de tonterías, desayunarme la película de Kill Bill y salir a la calle, a la ciudad insoportablemente llena de individuos como yo y abrazarme a cualquiera.
En su lugar, después de levantarme con el sonido violento del despertador martilleándome el cerebro, preparar el café para Tomás y para mí, repitiendo rutinas para no perderme, como Hansel y Gretel siguiendo el camino de migas, la cafetera, la ducha, el beso, la puerta de la calle, el vagón del metro hasta llegar a la oficina diáfana y sin paredes. Ocupar un escritorio de madera, sumergirme, contra mi voluntad, en ese océano de dispositivos, el ordenador, el móvil, la impresora, que me desconectan del mundo real para conectarme con un mundo virtual, sin gravedad.
Empiezo a flotar.
Floto aunque conserve los pies en el suelo. Eso es lo que tengo ganas de contarle a mis compañeros, con los que tomo un café de una máquina de mi tamaño que puede fagocitarme si quisiese, aunque haría una digestión pesada. Eso me pasa por la cabeza. Me imagino los ojos desorbitados siguiendo mi diarreico discurso de la ingravidez que experimento últimamente.
Me resbalan por la piel como el agua de la ducha, los gritos de la muñeca bratz convertida en mi jefa por arte de la cirugía plástica. Me cuesta reconocerla después de las vacaciones, la nariz más pequeña, los pómulos más altos, los implantes de pecho apuntándome como cabezas nucleares dispuestas a estallar con cada grito, porque, aunque físicamente me cuesta reconocerla, me facilita la tarea que en las reuniones se siente en la cabecera de la mesa y los gritos que salen de un cuerpo cada vez más irreconocible adornados con palabras como “despido, reducción de salario, …”, entonces me queda claro, sólo ella podría amenazar de manera tan burda detrás de aquel cuerpo de plástico.
Esa cotidianeidad me da seguridad, los seres humanos somos extraños, podemos acostumbrarnos a situaciones extremas. Pongo música a mis pensamientos con la canción de resistiré.
“Resistiré para seguir viviendo
me volveré de hierro
para endurecer la piel
y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
como el junco que se dobla
pero siempre sigue en pie.”
No soy un junco. Floto mentalmente mientras el pensamiento se hace líquido y empiezo a resbalar, como Alicia en el país de las maravillas. Si no aúllo como un perro es cuestión de la buena educación que me amordaza las ganas.

Marta Sánchez

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